Bruma

Bruma

Por Maricarmen Páramo

Salí corriendo  y corrí hasta que el sonido de las ambulancias fue opacado por el canto de las aves. Entonces volví la mirada y todo estaba en cenizas, el aire se hizo tan espeso que apenas podía respirar. De nuevo era la bruma que opacaba toda posible visión. Era ella la que me hacía huir. Atrás quedaron el fuego y los sueños, adelante el camino por recorrer, de nueva cuenta. Y es que estas ansias de quemar todo y desaparecer nunca se me quitaron. “Apaga ese cerillo, que estás llamando al diablo”, me decía mi madre cada vez que prendía uno y me le quedaba mirando hasta que el fuego se desvanecía entre mis dedos, pero lo que nunca le dije es que no me gustaba el fuego en sí, sino lo que quedaba después, una visión nublada con el remoto recuerdo de la danza del fuego. Era la bruma lo que más me gustaba porque bastaba con uno o dos parpadeos para que todo volviera a esclarecerse.

-“Ah, sí, esa noche le dije a mi mamá que nos fuéramos. La llevé a la camioneta y eran tan fuertes los ronquidos de mi padrasto que no escuchó la gasolina que vacié bajo su cama seguida del chasquido de la pólvora al incendiarse ni el ruido de la puerta al azotarla”.

Llegamos a la frontera, mi madre y yo, con un fajo de billetes que bien sabíamos no nos duraría lo suficiente. Así empezamos nuestra nueva vida trabajando en un sembradío de jitomates repleto de mujeres como nosotras, de ojos perdidos y miradas vacías. Qué dejaron ellas atrás, nunca lo supe pero en sus miradas veía arder un fuego lleno de venganza y frustración.

-“Te dije que era inevitable, lo tuve que hacer porque ya no soportaba más. Meses antes se llevaron a mi madre y no dejaban de decirme que sabían lo que hice. “O te callas o la próxima mula serás tú”, no sabía qué me querían decir con eso pero a mí nadie me iba a convertir en un animal. Una noche entre sueños escuché el chasquido de la pólvora, salí al sembradío de jitomates y lo hice arder. De veras que fue un bonito espectáculo ver tanto fuego en medio de una noche tan oscura”.

Esa vez me hicieron falta más de dos parpadeos para que todo se volviera a esclarecer. Una vez lejos del lugar miré hacia atrás y ahí estaba, por todos lados, la bruma que siempre me acompaña. Empecé a correr sin rumbo y este fuego interno no dejó que me detuviera. Llegué a los suburbios de una ciudad desconocida y alquilé un cuarto repleto de insectos. Por la noche la comezón no me dejaba dormir y durante el día daba brincos al encontrar cucarachas saliendo por debajo de las tazas y por entre los cubiertos. Las casas apenas se sostenían y la pobreza cubría cientos de kilómetros. El vandalismo dominaba el lugar y nadie se atrevía a mirar hacia arriba.

-¿Que por qué tenía que arder?, ¿es que no te das cuenta? No era un modo de vida. Y sí, lo volví a hacer y no me arrepiento”.

Derramé la gasolina y tras el chasquido de la pólvora me fui corriendo. Me enteré que fueron decenas de casas las que ardieron. Seguí corriendo y llegué al bosque.

“Pues sí, creo que ahí se desvarató todo. No pude contenerme y llegada la noche lo volví a hacer”.

En medio del pasto y de los árboles altísimos sentí que algo en mí se fracturaba. Me sentí como el primer cerillo que prendí en mi niñez, sólo que no tenía un lugar en el cuál desvanecerme. Miré hacia arriba, hacia la inmensidad del cielo, miré hacia abajo y hallé la respuesta. Sí, podía desvanecerme en el pasto. Yo era la pólvora, yo debía arder. Sonó el chasquido de la pólvora y el pasto empezó a quemarse. Me quedé de pie mirando hasta que empecé a sofocarme. Entonces todo fue bruma y no pude hacer más que correr.

-“Y así corrí y seguí corriendo hasta que el sonido de las ambulancias fue opacado por el canto de las aves. Atrás dejé la bruma y adelante estabas tú, que me sostuviste con fuerza y me trajiste aquí a que te contara cómo pasó todo y cómo fue que apenas me atraparon. Yo digo que fue por el manto de la bruma que me ayudó a esconderme hasta difuminarme, hasta hacerme tan gris y tan espesa como ella. Así apenas me miraban y ni siquieran dudaban de mí, era una sombra y eso he sido desde entonces”.

Han pasado tres años, en esta celda apenas logro respirar. Escucho todo el tiempo el chasquido de la pólvora y no cesa el ansia de saber que tengo un cerillo escondido. Es suficiente, iré por él. Abro la caja, saco el cerillo, suena el chasquido de la pólvora, me le quedo mirando y entonces me doy cuenta que con un soplido basta, un soplido a la brumosa superficie de mi alma. Dejo, igual que en mi niñez, que el cerillo se desvanezca entre mis dedos. Así esperaré a que pase el tiempo, intentando aplacar este fuego, intentando ignorar el constante chasquido de la pólvora e intentando salir de esta bruma interna.

~ por Maricarmen Mozart en mayo 26, 2010.

3 comentarios to “Bruma”

  1. Muy buen cuento. Inquietante y tenebroso. Te felicito.

  2. Como la entropía en el universo que aumenta infinitamente, así la niñez, así la vida se desvanece, en un caos infinito que lejos de encontrar un orden, tiende a difuminarse…

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